02/11/2005

PANICO EN LA RESIDENCIA

PARECE SUBREALISTA: PANICO EN LA RESIDENCIA

Esta noticia aparecida en el periódico La Razón parece más el guión de una película de terror de serie B que algo que pueda estar sucediendo en Madrid. ¿Puede ser cierto que unos jóvenes estén aterrorizando a los mayores que viven en una residencia y a los auxiliares que los cuidan?

Lo ponemos en el boletín como anécdota pero para quien lo está viviendo es lo suficientemente terrible como para que las autoridades tomen cartas en el asunto.

Una decena de menores internados en un centro de General Ricardos tiene atemorizados a los ancianos de tres residencias del mismo complejo. Robos en sus habitaciones, agresiones, pedradas, insultos... Tampoco se libran los empleados del recinto

No respetan ni a los mayores que se desplazan en silla de ruedas. Uno de ellos ya no se atreve a salir a pasear porque cada vez que lo hace regresa sin sus pertenencias. Otra anciana volvió a la residencia con la pierna ensangrentada por una pedrada.

En la entrada del complejo, junto a la garita de los guardias de seguridad, el perro de los vigilantes reposa sobre la acera atado con una cuerda. No tendría que estar ahí, pero no le queda más remedio desde que quemaron su caseta. Los «habitantes» del complejo del número 177 de General Ricardos –en el que se erigen, entre otros edificios, tres residencias de la tercera edad, un centro de salud mental y un instituto de enseñanza secundaria– apuntan a un grupo de menores extranjeros con los que tratan de convivir. Son los mismos que, según aseguran las víctimas, tienen atemorizados tanto al personal como a los ancianos, a los que les aterra el simple hecho de salir a pasear cada día por los jardines y caminos del recinto.
Pedradas, agresiones, atracos, intimidaciones, insultos... Eso es a lo que se enfrentan mayores y no tan mayores desde el verano, sobre todo cuando empieza a oscurecer. Uno de estos ancianos pide que cojamos el bastón: «¿Pesa, eh? Pues éste fue el que me libró el otro día de que me pegaran. Me dieron un empujón pero eché mano de la garrota y no llegaron a mayores». Colgado del cinturón porta lo que parece ser un machete: «Esto también los para, pero no es lo que parece». Con parsimonia, y con manos temblorosas saca lo que esconde la funda. Se trata de una especie de palo de paraguas manipulado. Lo desenrosca y, con una habilidad pasmosa, se ata y desata con él los cordones de sus botas de montaña. Lo necesita porque no puede agacharse, pero ha descubierto que también sirve como arma defensiva intimidatoria.
Junto a él, apurando un cigarrillo a escondidas, uno de sus compañeros recuerda que recientemente tuvo que acompañar a la residencia a una anciana a la que acababan de darle «un cantazo». «No podemos ir nunca sólos... ellos van en grupo y a veces se enganchan entre ellos. Hace poco dos se querían matar, uno con un cristal y el otro con un cuchillo largo... Algunas veces dan ganas de darles un estacazo y mandarles al otro barrio», afirma.
Un poco más abajo, y aferrada a su bastón aunque apure sentada los últimos rayos del sol, una anciana recuerda lo que le ocurrió esta misma semana: «Iba paseando y uno de ellos me pidió dinero para un café, yo le dije que no llevaba nada y empezó a llamarme guarra, vieja... Y qué le voy a decir, cómo no voy a ser vieja si tengo 96 años... A mí por suerte sólo me han insultado, pero a alguna compañera además de pegarlas les han enseñado pistolas de esas de mentira».
Pero no son sólo los mayores los que padecen este tipo de prácticas, como aseguran tres auxiliares de enfermería de una de las residencias. Prefieren no revelar su identidad porque, como el resto del personal de las instalaciones, están atemorizadas por culpa de estos menores: «La gente está muy asustada, hemos recogido hasta firmas por la situación que estamos viviendo, pero por ahora nada», asegura una de ellas. «Lo peor de todo es que son conscientes de que son menores y que no les va a pasar nada y te chulean». Los insultos a los trabajadores del recinto están a la orden del día, e incluso, según ellas, las agresiones. «Aparte de los guardias de seguridad la Policía está aquí cada dos por tres pero no pueden hacer nada por lo mismo, porque son menores».
Otra de las auxiliares asegura que tienen que dejar aparcados los vehículos lejos del edificio en el que trabajan: «Hubo una temporada que les dio por pincharnos las ruedas». Pese a todo, lo que mas les duele es el trato que reciben los mayores a los que cuidan: «Una de las ancianas salió a dar un paseo después de cenar y volvió con la espinilla ensangrentada porque la habían apedreado. Roban a los ancianos e incluso este verano tenían que tener las persianas bajadas pese al calor porque se colaban en sus habitaciones para quitarles sus cosas». Afirman que incluso se suben a los árboles para apedrear los cristales y que, incluso, las cuidadoras de estos menores les han pedido por favor que cuando ocurra algo que lo denuncien porque «dicen que no pueden con esa presión y que la mayoría tienen que acabar pidiendo la baja». Antes de despedirse sacan a colación a uno de los residentes, que ya no sale al exterior con su silla de ruedas porque cada vez que lo hace le roban todo lo que lleve.
Por su parte, una portavoz de la Consejería de Familia y Asuntos Sociales aseguró ayer que tienen constancia del incremento de quejas –pero no denuncias– en las instalaciones y que ya hay previsto un plan para duplicar la seguridad en el interior. De hecho, desde hace quince días se han incrementado las patrullas nocturnas y han disminuido los problemas. Asegura que «no se va a tolerar que se metan con los ancianos», pero recuerda que se trata de un recinto abierto en el que no es difícil que se puedan colar otros jóvenes para realizar estos actos.