03/01/2005

BENEFICIOS DE LA ESTIMULACIÓN COGNITIVA EN ALZHEIMER

Respaldo científico internacional a una terapia no farmacológica desarrollada por Maria Wolff Alzheimer

El último número (28-12-2004) de "Neurology”, revista de la Academia Americana de Neurología, publica un estudio de neurólogos, geriatras y psiquiatras de distintos centros públicos y privados de Madrid, Nueva York y Barcelona. Según el mismo, un programa de estimulación cognitiva y motora en pacientes con enfermedad de Alzheimer en fases iniciales produce beneficios a largo plazo en la afectividad, en la conducta y en la calidad de vida.

La Fundación Maria Wolff, en colaboración con varios centros públicos y privados de Madrid, y con financiación propia del IMSERSO y de Fundación "la Caixa” ha llevado a cabo un estudio en el que se evaluaron los potenciales beneficios de un programa de estimulación cognitiva y motora en pacientes con enfermedad de Alzheimer en fases iniciales. En el estudio participaron 84 pacientes con enfermedad de Alzheimer en los estadios 3, 4 y 5 de la escala de Reisberg, que equivalen al deterioro cognitivo ligero, a la demencia ligera y la primera fase de la demencia moderada. Los pacientes procedían de 17 centros sanitarios públicos o privados de la ciudad de Madrid.

Los resultados del estudio mostraron que los pacientes sometidos al programa de estimulación cognitiva y motora presentaron al cabo de un año una situación afectiva más positiva. Estos pacientes presentaban además menos problemas conductuales y gozaban de una calidad de vida superior, con menos episodios de agitación, menor irritabilidad y mejor relación con otras personas.

Desarrollo del estudio

A todos los cuidadores se les ofreció una línea telefónica de apoyo para consultas acerca del manejo de la enfermedad. Además, tras un sorteo, a 44 de los pacientes se les ofreció la posibilidad de participar en un programa de estimulación cognitiva y motora que se realizaría en dos sesiones semanales de 3’5 horas de duración cada una, durante un período de un año.

Las sesiones de estimulación se llevaron a cabo en grupos formados por siete a 10 pacientes cada uno, creados según la intensidad de la demencia, las afinidades personales, y las cuestiones logísticas. Las sesiones, dirigidas por terapeutas ocupacionales y por auxiliares de clínica entrenadas, se llevaron a cabo en dos unidades de Maria Wolff especializadas en demencia leve. Las sesiones comenzaban con una acogida de los pacientes, seguida de una terapia de orientación a la realidad. Después se realizaban ejercicios cognitivos individuales y grupales. A continuación se entrenaba a los pacientes en las actividades de la vida diaria (comprar, manejar dinero, orientarse mediante planos, etc.). Tras un descanso con merienda, las sesiones concluían con talleres de manualidades o con ejercicios de psicomotricidad.

La mayoría (75%) de los pacientes del grupo experimental acudieron a las sesiones durante todo el año. Más del 80% de los pacientes y de los cuidadores se mostraron satisfechos o muy satisfechos tras finalizar el año de intervención. Las funciones cognitivas de los pacientes que recibieron la estimulación se mantuvieron estables durante seis meses, mientras que las de los pacientes que no la recibieron habían declinado. Este efecto fue especialmente llamativo en los pacientes con menos estudios. Al cabo de un año, los pacientes que habían acudido a las sesiones mostraron en una entrevista independiente una situación afectiva más positiva. Según sus cuidadores, estos pacientes presentaban además menos problemas conductuales y gozaban de una calidad de vida superior. En concreto, los pacientes que acudieron a las sesiones presentaban muchos menos episodios de agitación, se mostraban menos irritables y se relacionaban mejor con otras personas.

Los beneficios observados no fueron debidos a cambios en la carga de los cuidadores, que se mantuvo estable en los dos grupos durante todo el estudio. Tampoco fueron debidos a un mayor tratamiento farmacológico de los pacientes que acudieron a las sesiones de estimulación. Al contrario, el número de fármacos tranquilizantes se mantuvo estable en estos pacientes, mientras que aumentó significativamente en los pacientes que no acudieron a las sesiones.

Varias de las características de este estudio son reseñables. En primer lugar, los efectos fueron medidos y observados de forma independiente a la propia intervención. La mayoría de los estudios previos habían fallado a la hora de encontrar efectos generalizables a ámbitos distintos a los de la intervención, o simplemente se limitaban a medir un beneficio inmediato. En segundo lugar, se evaluaron los efectos a largo plazo, algo que hasta la fecha no se había realizado. En tercer lugar, los efectos aparecieron principalmente en los ámbitos de la afectividad, de la conducta y de la calidad de vida, esferas que habían estado tradicionalmente relegadas en el manejo de los pacientes con enfermedad de Alzheimer y que influyen de forma determinante en la institucionalización del paciente. Además, todos los pacientes incluidos en el estudio tomaban fármacos anticolinesterásicos, que son los que mayor efecto cognitivo producen en esta enfermedad. Ello quiere decir que los beneficios de la estimulación cognitiva y motora se añaden a los que producen estos fármacos y, además, son complementarios.

Por todo lo anterior, la estimulación cognitiva y motora debe considerarse como una terapia de primera elección en los pacientes con enfermedad de Alzheimer en estadios iniciales.