¿Qué es exactamente la ACP?

En los últimos años, pocas siglas se han repetido tanto en el ámbito de las personas mayores y la dependencia como ACP. Aparece en planes estratégicos, memorias corporativas, proyectos arquitectónicos, discursos institucionales y presentaciones comerciales de residencias geriátricas, centros de día, servicios de ayuda a domicilio o teleasistencia. Por ello, hoy en Inforesidencias nos preguntamos: ¿Qué es exactamente la ACP?

A fuerza de repetirse, el concepto corre el riesgo de vaciarse de contenido o, peor aún, de convertirse en una etiqueta decorativa que no siempre se corresponde con la práctica real. Por eso conviene detenerse y aclarar qué hay realmente detrás de esas tres letras.

La Atención Centrada en la Persona (ACP) no es una técnica concreta ni un protocolo cerrado. Es un modelo de atención que sitúa a la persona —y no a la organización, la patología o la disponibilidad de recursos— en el centro de todas las decisiones.

Su punto de partida es sencillo, aunque sus implicaciones son profundas: cada persona es única. Tiene una historia, unas preferencias, unos valores y unos deseos que deben guiar cómo se organiza y se presta la atención.

Un cambio de paradigma en el cuidado

Durante décadas, el sistema de atención a la dependencia se ha estructurado desde una lógica básicamente asistencial: cubrir necesidades básicas, garantizar seguridad y responder a déficits funcionales.

La ACP no niega esa dimensión, pero la trasciende. Propone pasar de “atender” a “acompañar”, de organizar servicios para colectivos homogéneos a diseñar apoyos personalizados.

En una residencia, por ejemplo, la ACP implica cuestionar rutinas rígidas —horarios, menús, actividades, levantadas o acostadas— para adaptarlas a los ritmos y deseos de cada residente. Para un centro de día, supone que el programa no se construya solo desde criterios terapéuticos, sino también desde los intereses reales de las personas usuarias.

Si nos fijamos en la atención domiciliaria, significa respetar la forma de vivir de cada hogar, no imponer modelos externos. Y en teleasistencia, implica que la tecnología esté al servicio de la persona, y no al revés.

Los pilares de la Atención Centrada en la Persona

Aunque existen diferentes formulaciones teóricas, la ACP suele apoyarse en varios principios comunes:

  • Autonomía y autodeterminación: la persona participa activamente en las decisiones sobre su vida cotidiana, incluso cuando existen limitaciones funcionales o cognitivas.
  • Individualización de la atención: no hay dos planes de atención iguales porque no hay dos personas iguales.
  • Conocimiento de la historia de vida: quién ha sido esa persona, qué le importa, qué rechaza, qué le da sentido a su vida.
  • Relaciones significativas: la calidad del vínculo entre profesionales, usuarios y familias es tan relevante como la prestación técnica.
  • Entornos adaptados y no institucionalizantes: espacios más hogareños, unidades de convivencia, menor masificación, mayor intimidad.

ACP en residencias, centros de día, ayuda a domicilio y teleasistencia

Hablar de ACP no tiene sentido si no se aterriza en los distintos recursos del sistema. En residencias, la implantación real del modelo exige cambios organizativos profundos: liderazgo, formación de equipos, participación de las familias, rediseño de espacios y revisión de protocolos. No basta con colgar un cartel o incluirlo en la misión corporativa.

En los centros de día, la ACP se traduce en programas flexibles, centrados no solo en la rehabilitación o el mantenimiento funcional, sino también en la socialización significativa y el bienestar emocional.

En la atención domiciliaria, la ACP es casi consustancial al propio servicio: respetar el hogar como espacio vital, no como extensión de una institución, y adaptar la intervención al modo de vida de cada persona.

Y en la teleasistencia, un ámbito cada vez más relevante, la ACP implica personalizar respuestas, conocer a la persona más allá de su botón o su dispositivo, y utilizar la tecnología como herramienta de acompañamiento, no solo de emergencia.

¿Qué es exactamente la ACP? ¿Marketing o legitimación institucional?

La pregunta no es retórica. Porque si todo es ACP, nada lo es. Y porque existe una diferencia sustancial entre un modelo realmente centrado en la persona y una utilización superficial del término como argumento de marketing o legitimación institucional.

Implementar ACP de verdad supone aceptar tensiones: entre personalización y eficiencia, entre deseos individuales y organización colectiva, entre costes y calidad de vida. No es un camino sencillo ni barato, pero sí coherente con una sociedad que reivindica derechos, dignidad y calidad en la atención a las personas mayores y dependientes.

En muchos casos, la ACP se ha convertido en una suerte de “sello de calidad implícito”, utilizado para dotar de legitimidad a proyectos, memorias o discursos sin que exista una transformación real del modelo de atención. Se habla de ACP mientras se mantienen ratios insuficientes, rotación elevada de personal, rigidez organizativa o entornos claramente institucionales.

El riesgo es evidente: que la Atención Centrada en la Persona acabe funcionando como un concepto tranquilizador para terceros —familias, administraciones, opinión pública— más que como un compromiso operativo con cambios profundos en la forma de cuidar.

Por eso resulta imprescindible recuperar el sentido exigente del término. La ACP no se demuestra con eslóganes ni con declaraciones de principios, sino con prácticas observables. Esto es, participación real de las personas usuarias en las decisiones, adaptación efectiva de los apoyos, respeto a la biografía, formación continuada de los equipos y evaluación constante de la calidad de vida.

Todo lo demás es retórica. Y en un sector tan sensible como el de la atención a personas mayores, confundir el discurso con la realidad no es solo un problema de comunicación: es un problema ético.

ACP: mucho más que una moda

La Atención Centrada en la Persona no debería entenderse como una tendencia pasajera, sino como una evolución lógica del sistema de cuidados. No responde solo a una demanda profesional o académica, sino a una exigencia social: que en la vejez y en la dependencia no se pierda la condición de ciudadano ni de sujeto de derechos.

En este sentido, la ACP conecta con debates de fondo sobre financiación, ratios, formación profesional, arquitectura de los centros, uso de tecnología, participación de las familias y evaluación de la calidad. No es una “capa” que se añade al sistema, sino una forma distinta de concebirlo.

Más humana, más personalizada

Preguntarse qué es exactamente la ACP no es un ejercicio teórico, sino una cuestión práctica y urgente. Porque de cómo se responda a esa pregunta dependerá en gran medida cómo serán las residencias, los centros de día, la atención domiciliaria y la teleasistencia en los próximos años: más humanas o más burocráticas, más personalizadas o más estandarizadas.

En Inforesidencias seguiremos abordando este modelo con una mirada crítica, rigurosa y alejada tanto del escepticismo fácil como del entusiasmo acrítico. Porque la ACP no es un eslogan: es, o debería ser, una forma distinta de entender el cuidado.

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