La generación más longeva llega y faltan residencias, el gran desajuste de los cuidados

Las residencias de personas mayores han dejado de ser un recurso más dentro del sistema de dependencia para convertirse en el lugar donde se está poniendo a prueba todo el modelo de cuidados de larga duración. La frase resume bien el momento actual, la generación más longeva llega y faltan residencias, el gran desajuste de los cuidados ya no es una advertencia, es una realidad que se empieza a notar en el día a día de familias, profesionales y gestores.

Mientras el discurso público insiste en el envejecimiento activo y la permanencia en el domicilio, la realidad asistencial es otra. Cada vez hay más personas con un nivel de fragilidad que solo puede sostenerse con cuidados intensivos, continuados y profesionales. Cuando aparecen deterioro cognitivo avanzado, pluripatología, riesgo de caídas o necesidad de supervisión constante, el domicilio deja de ser un entorno seguro. En ese punto, la residencia no es una opción más, es el único entorno capaz de garantizar cuidados 24 horas con apoyo profesional estable.

El sistema, sin embargo, se está tensando. Aumentan las personas con derecho a prestación, crecen los beneficiarios efectivos y sube el número de prestaciones por persona, señal de trayectorias asistenciales más largas y complejas. Pero el recurso que absorbe los casos de mayor gravedad, la atención residencial, no está creciendo al ritmo que marca la necesidad real. Las residencias se han convertido en el punto donde confluyen más personas muy dependientes, más complejidad clínica y un modelo de provisión sometido a una presión económica y laboral cada vez mayor.

Más mayores muy dependientes, más residencias imprescindibles

La demanda de atención residencial financiada públicamente mantiene una tendencia claramente ascendente. En 2024 se concedieron 284.629 prestaciones de atención residencial, 9.417 más que el año anterior, dentro de un crecimiento medio anual cercano al 4 por ciento desde 2018. Detrás de esta cifra hay un cambio profundo en el perfil de quienes necesitan cuidados, no un simple ajuste administrativo.

El aumento del grupo de más de 80 años está disparando las situaciones de dependencia severa, deterioro cognitivo y pluripatología. En estos casos, la ayuda a domicilio o el apoyo familiar resultan insuficientes. La familia puede sostener cuidados en fases iniciales, pero cuando la carga física, emocional y sanitaria supera ciertos límites, el domicilio se convierte en un entorno de riesgo tanto para la persona dependiente como para quien cuida. Ahí es donde la residencia se convierte en un recurso imprescindible.

Además, el propio funcionamiento del sistema refuerza esta presión. Hay más personas reconocidas con derecho, más beneficiarios de PIA y una mayor intensidad de apoyos por persona. Muchas trayectorias de atención desembocan finalmente en un entorno residencial cuando el domicilio deja de ser viable. La residencia aparece así como el destino final de una parte creciente de personas con gran dependencia, y esa presión no hará más que aumentar en la próxima década.

Menos plazas y más cierres, el cuello de botella residencial

Frente a esta necesidad creciente, la oferta residencial no está expandiéndose, está mostrando señales de retroceso. En 2023 había 390.318 plazas residenciales en 5.420 centros, con un tamaño medio cercano a las 70 plazas y un peso muy relevante de la iniciativa privada y de las plazas concertadas. El sistema público depende, en gran medida, de que estos centros sean económicamente viables

Por primera vez en la serie reciente, el número total de plazas bajó, de 393.581 a 390.318, con una pérdida neta de 3.263 camas ligada al cierre de 153 centros. Este descenso coincide con un aumento constante de la población mayor, lo que empuja a la baja las ratios de cobertura, situadas en torno a 3,98 plazas por cada 100 personas mayores de 65 años, por debajo de muchos referentes europeos

Algunas explicaciones

Detrás de esta reducción hay costes crecientes, sobre todo en personal, mayor complejidad asistencial y dificultades para atraer y mantener profesionales. Cuando la financiación pública no acompasa esta realidad, algunos centros dejan de ser viables y las plazas desaparecen. El efecto es claro, la residencia empieza a funcionar como un auténtico cuello de botella. Se reconocen derechos, pero convertirlos en una plaza real resulta cada vez más difícil en determinados territorios.

La combinación es inquietante. Una demanda residencial estructuralmente creciente y una oferta que se estanca o retrocede confirman que la generación más longeva llega y faltan residencias, el gran desajuste de los cuidados no es un eslogan, es la descripción de un sistema que empieza a quedarse corto justo en el recurso más crítico para las personas con mayor fragilidad. Si no se refuerza de forma decidida la red residencial, el desfase entre necesidad y capacidad seguirá ampliándose, con consecuencias directas para mayores, familias y profesionales

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