Parar, pensar y actuar: una charla con Stephan Biel

Stephan Biel es enfermero especialista en atención a personas mayores y tiene un videoblog, Expresos, en el que conversa con gente del sector sobre cómo cuidamos a los mayores. Hace poco me invitó a uno. En ‘Parar, pensar y actuar: una charla con Stephan Biel’ hablo de esa charla.

La excusa era mi libro, ‘En la residencia Las Marismas’, pero no duramos mucho en él. Al poco rato estábamos hablando de lo de siempre: las residencias, quienes viven en ellas y quienes trabajan allí.

Puedes ver la charla en este vídeo: https://dependencia.info/noticia/9621/visto-en-la-red/visto-en-la-redstephan-biel-repasa-con-josep-de-marti-dilemas-eticos-que-suceden-en-la-residencia-las-marismas.html

Cincuenta problemas sin solución de manual

El libro reúne 50 de los más de 160 casos prácticos que he escrito en estos 25 años, todos ambientados en Las Marismas. Son situaciones que pueden darse en cualquier residencia: residentes que chocan entre sí, familias enfrentadas al equipo, decisiones médicas discutibles, normas sensatas que, aplicadas a una persona concreta, se convierten en una pequeña injusticia.

Todo el libro gira alrededor de una idea muy simple: parar, pensar y actuar. En una residencia los problemas pueden surgir de la nada y casi siempre son imprevistos. Aparecen, y la tentación es resolverlos ya, con lo primero que se nos ocurre o con lo que diga el protocolo. A veces funciona. Muchas otras, lo primero que se nos ocurre es lo que más tranquiliza al equipo, pero no coincide con lo que mejor le va a la persona.

Pararse incluye escuchar. Y cuando digo escuchar no me refiero sólo a sentar en una mesa al médico, la enfermera, la psicóloga y la trabajadora social. La gerocultora que levanta a esa señora cada mañana sabe cosas que no están en ningún informe. La persona de limpieza, a veces, más.

Los cuatro principios de la bioética (autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia) no resuelven nada por sí solos. Necesitan contexto, obligan a hacerse las preguntas correctas y a estar preparado para las respuestas que no queremos. Un protocolo, en cambio, a veces acaba sirviendo precisamente para no tener que hacérselas.

Durante la conversación, Stephan y yo coincidimos en que el problema de fondo es cultural. Un certificado de calidad dice que el centro tiene procedimientos. No dice nada de cómo le habla la auxiliar del turno de noche a la residente que pide agua por tercera vez.

Llevamos tanto tiempo construyendo instituciones en las que unos deciden y otros aceptan, unos ponen los horarios y otros se adaptan que salir de ahí cuesta mucho.  Lo que tenemos ahora es una organización muy cómoda para quien la dirige.

Una residencia es, ante todo, la casa de alguien. Una casa con normas, como todas. La cuestión es para quién están hechas esas normas.

Algún caso práctico y la conversa con Stephan trata de cómo interpretamos lo que hacen las personas con demencia. «Conducta disruptiva», «residente agresivo», «persona difícil». Son etiquetas que describen, sobre todo, lo que nos molesta a nosotros.

Detrás puede haber dolor, miedo, aburrimiento, no entender qué está pasando o la sensación de que otros lo deciden todo por ti. Sensación que, por cierto, suele ser bastante acertada.

Ante estas situaciones solemos preguntarnos cómo conseguir que deje de hacerlo. Yo añadiría otra pregunta: qué nos está intentando decir. No siempre hay respuesta, pero quien se la hace interviene de otra manera.

A veces hablamos de atención centrada en la persona como si fuese una metodología que se puede implantar mediante un curso, unos procedimientos y una auditoría. Después visitas una residencia y descubres que una persona tiene que esperar a que llegue determinada hora para acostarse, aunque lleve media hora diciendo que tiene sueño. Todo perfectamente documentado, eso sí.

Por supuesto que hacen falta procedimientos, formación y organización. Pero me temo que cambiar una cultura es bastante más complicado que cambiar unos documentos.

Tu madre, la madre de otro y una sociedad que envejece

En un momento de la conversación acabamos hablando de la diferencia entre cuidar a un familiar y hacerlo profesionalmente.

Cuidar a tu madre no es lo mismo que cuidar a la madre de otro. Con la tuya arrastras cincuenta años de historia, cariños y cuentas pendientes. El profesional puede y debe encariñarse, pero tiene a veinte personas más esperando y una obligación que el hijo no tiene: no tener favoritos. O, como mínimo, que no se note.

Un buen profesional procura que todos reciban el mismo respeto, cada uno según lo que necesita y lo que prefiere. Eso significa que tendrá que tratar a las personas de forma diferente. Y explicar por qué lo hace, porque las diferencias de trato pueden generar conflictos entre residentes, familiares e incluso entre los propios trabajadores.

También hablamos del futuro y de algo que parece bastante evidente, aunque no sé si estamos preparándonos suficientemente para ello.

Cada vez habrá más personas con demencia, y no van a estar todas en residencias. Estarán en el bar, en el autobús y en la cola del súper. Japón y el Reino Unido llevan tiempo formando a ciudadanos corrientes para tratar con personas con deterioro cognitivo. No hace falta saber neurología para no discutir con alguien desorientado. Basta con darse cuenta de que está desorientado.

Me parece que deberíamos dedicar más esfuerzos a conseguir que la población entienda mínimamente qué es una demencia. Si una persona mayor tarda demasiado en pagar en un supermercado, se pierde por su barrio o responde de forma extraña a una pregunta, la reacción de quien tiene delante puede ayudar mucho o complicar enormemente la situación.

Ningún país lo tiene resuelto

En Inforesidencias.com llevamos más de 25 años en esto. Una de las cosas que hacemos son los viajes geroasistenciales: grupos de profesionales que visitamos residencias y servicios en otros países. La lección principal de esos viajes es un poco decepcionante: nadie lo tiene resuelto. En todas partes hay buenas ideas, prácticas discutibles y gente intentando hacerlo mejor.

A veces volvemos entusiasmados con alguna idea que hemos visto en una residencia de otro país. Otras veces descubrimos que algo que aquí criticamos se hace exactamente igual en lugares que solemos poner como ejemplo. Viajar ayuda a relativizar muchas cosas y a desconfiar un poco de quienes presentan una determinada forma de cuidar como la solución definitiva.

Mejorar una residencia es un trabajo sin fecha de fin. El día que un director dice «aquí ya lo hacemos todo bien», conviene empezar a preocuparse.

Gracias, Stephan, por invitarme a uno de tus Expresos. Fue una de esas conversaciones de las que uno sale con más preguntas que respuestas, que es justo lo que pretende el libro.

Nos equivocamos, y en una residencia nuestros errores los suele pagar otro. Pararse un momento antes de actuar no garantiza acertar, pero mejora bastante las probabilidades.

Si quieres ver cómo se aplica esto a cincuenta situaciones concretas, el libro está aquí: En la residencia Las Marismas.

Por Josep de Martí, fundador de Inforesidencias.com

 En la redacción de este post he utilizado apoyo de ChatGPT

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