2021, hagamos un primer análisis de la pandemia en las residencias

El año 2020 ha puesto de relieve carencias y prácticas que deberían cambiar con respecto al cuidado de las personas mayores. No se trata señalar o fustigarse, sino de analizar qué aspectos han hecho que las personas más vulnerables no hayan estado todo lo protegidas que debían ante la pandemia de COVID-19.

Posiblemente, la razón más importante es que nadie piensa en que algo así puede ocurrir ni cuando se proyecta una residencia ni cuando se diseñan los servicios. No es ignorancia, es que el ser humano trabaja con probabilidades y certezas, y la llegada de una pandemia mundial no entraba en ninguna de las dos posibilidades desde nuestra visión del mundo en nuestro entorno.

Hasta la llegada de la pandemia, los servicios sociosanitarios que tienen como usuarios a los mayores, sobre todo a los mayores dependientes, ofrecían unos recursos que, en general, se consideraban suficientes. No faltaban las denuncias sobre maltrato, asistencia deficiente o problemas con la alimentación, pero lo cierto es que la inmensa mayoría de las residencias para mayores cumplían unos estándares de atención que se consideraban razonables y adecuados. Sin embargo, tras la experiencia que hemos vivido y que seguimos viviendo, cabe plantearse si eso que se daba por bueno era suficiente o era un modelo que tenía fallos y carencias que no se habrían detectado.

Los centros de mayores han sido las dianas donde más se ha cebado el virus de la COVID-19, con un resultado terrible de fallecimientos que, además, se han producido alejados de la familia. Esta terrible experiencia ha derivado en más controles, aislamiento y, también en muchos casos, en un replanteamiento del paradigma de atención. La vulnerabilidad de las personas mayores se ha puesto de manifiesto de manera muy cruda y eso ha llevado a pensar que es necesario rediseñar en el modelo de atención y, quizá, replantearse algunas cuestiones que se consideraban secundaria o no se tenían en cuenta.

Es cierto que, antes de la pandemia, ya se estaban dando cambios muy importantes que llevaban a una humanización de la asistencia a las personas mayores. Las residencias entran en programas para eliminar contenciones mecánicas y químicas, se potencian terapias con música, mascotas, talleres de recuerdos, convivencia con escuelas infantiles, acompañamiento… También se plantean modelos de atención personalizados, con planes de vida y con diseños de espacio que potencian una sensibilidad distinta y un acercamiento que supera lo asistencial. Muchos centros estaban en este camino y algunos proyectos ya se estaban materializado. Lo mismo que modelos alternativos como las comunidades de viviendas con servicios comunes.

La pandemia, sin embargo, ha paralizado muchos de estos planes y, también, ha puesto a la vista de la sociedad una realidad que prefiere no ver: la vejez. En un mundo en el que priman la belleza, lo saludable, lo rentable… valores asociados a la juventud, las personas mayores no tienen la visibilidad ni la importancia suficiente como para que se las tenga en cuenta. Y cuando se vuelven dependientes, todavía menos. Las residencias son sitios aparte de la sociedad no por voluntad propia, sino porque no representan unos valores con los que sentirse identificados por el conjunto de la sociedad que prefiere verse reflejada en modelos jóvenes y vigorosos.

Pero, en poco tiempo, algo ha cambiado. La COVID-19 ha hecho que esas personas que vivían en centros se convirtieran en los padres y los abuelos de todos, que dejaran de importar solo a los familiares cercanos, pues nos han puesto delante qué significa la vida, la muerte y la soledad.

Por eso, a pesar de la tragedia que se ha vivido y que sigue, es posible pensar que ha habido aprendizajes que llevarán a cambiar mentalidades y prácticas y, en consecuencia, a hacer las cosas mejor.

Los mayores de las residencias son los primeros en recibir las vacunas, junto con los trabajadores que los atienden. Aparte de cuestiones sanitarias, es de justicia que quienes más han sufrido y que son, además, los más vulnerables, reciban los primeros la vacuna que les permita volver lo antes posible a retomar su vida. El cuidado y atención con ellos es una deuda que tiene la sociedad y la vacuna es el primer paso para la atención prioritaria de los mayores cuando se trata de enfermedades a las que son especialmente vulnerables.

¿Nos pueden echar por no vacunarnos?

También se impone una reflexión acerca del modelo residencial. La atención ha ido cambiando según los usos, costumbres y visiones de la sociedad. Los «asilos de viejecitos» han dado paso a residencias con muchos usuarios y ahora se está dando una diversificación en la que conviven modelos de grandes centros con otros más pequeños, viviendas tuteladas y cohousing.

Ahora, ante una crisis sanitaria como la que estamos viviendo, se ha abierto una gran reflexión sobre hasta qué punto las residencias o las otras soluciones de vida deben estar medicalizadas o no, qué tipo de asistencia sanitaria deben tener, hasta dónde llega el cuidado y en qué punto se debe derivar a una persona a un centro hospitalario. También sobre el personal médico de las residencias: geriatras, enfermeras… ¿Son las ratios suficientes?

Tampoco se debe perder de vista todo lo logrado antes de la llegada de la COVID-19. Corremos el riesgo de que logros como los planes de vida individualizados, programas de envejecimiento activo como deporte o actividades artísticas, terapias menos convencionales como las que aportan animales, los programas de voluntariado para combatir el aislamiento y la soledad… queden apartados ante la prioridad sanitaria y tenga dificultades para que se retomen una vez acabada esta. Si bien es fundamental la seguridad de las personas y su acceso a vacunas, protección y cuidado, si no se mantienen o disminuyen las acciones mencionadas por temor o porque se ha entra en una atención meramente asistencial, pues es menos costosa a nivel organizativo, estaremos ante un grave retroceso en la calidad de vida de las personas que viven en residencias.
Todas estas cuestiones son muy importantes y necesarias y deberían redundar en una mejora del funcionamiento de los centros que partiera de las decisiones conjuntas de las empresas prestadoras de servicios, la administración y, sobre todo, los agentes sociales y las propias personas que viven en los centros.

¿Nos pueden obligar a vacunar?

Hemos aprendido muchas cosas durante esta pandemia. Una fundamental es que las vidas de nuestros mayores son importantes, que la edad no implica pérdida de derechos y que tanto su sufrimiento como su bienestar son responsabilidad de todos en conjunto. Podemos, gracias a lo aprendido, mejorar las vidas de las personas que viven en las residencias en todos los niveles. Su bienestar y felicidad son los nuestros.

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